21-05-2017
 

Ringo de la gente



 



El 22 de mayo de 1976 Víctor Emilio Galíndez, vivía el día más glorioso de su carrera boxística. En Johannesburgo le ganaba por nocaut a Richie Kates y retenía el título de campeón del mundo. Fue una pelea dramática que estará por siempre entre las más recordadas de la historia. Pero después de ese memorable triunfo Galindez lloraría sin consuelo. Los integrantes de la delegación nacional, con Tito Lectoure a la cabeza, le comunicaron la peor de las noticias. En Reno, una localidad de Nevada en Estados Unidos, habían asesinado a su amigo y su amigo era nada menos que Oscar Natalio Bonavena.

Hacía rato que el púgil nacido en Parque Patricios e hincha fanático del Huracán andaba transitando por tierras estadounidenses, unas tierras tan extrañas y tan sombrías como lo era el mundo de Joe Conforte, dueño del “Mustang Ranch” primer burdel legal de Estados Unidos. Conforte le había comprado a José Montano el contrato del boxeador argentino, pero las cosas no anduvieron según lo esperado.

Cuentan que a Conforte no le caía nada bien que el bravucón y peso pesado frecuentara a su mujer Sally Conforte, una minusválida que se había ganado el cariño del boxeador y menos bien le cayó cuando éste se negó a pelear ante Howard Smith, en la misma velada que enfrentaría a George Foreman y Joe Frazier. Desde entonces la estadía en Reno para el argentino se hizo cada vez más tensa.

Oscar Bonavena, había nacido un 25 de septiembre de 1942 y empezó a repartir golpes en Unidos de Pompeya y otros recintos de Buenos Aires, hasta que en el 59 fue campeón Amateur. Su particular estilo que lo hacía desplazarse sobre el ring de manera diferente porque tenía pie plano, su guapeza y su carisma hicieron que el público se sintiera atraído por ese personaje que no perdía ocasión de obtener notoriedad. Porque Bonavena fue mediático en una época sin mediáticos y con su original forma de buscar rivales de peso, sus palabras llegaron a oídos del más grande de todos los tiempos: Cassius Clay. Lo buscó, lo provocó, lo trató de Gallina y Clay le dio una chance. El día D fue el 7 de diciembre de 1970, en el majestuoso Madison Square Garden. Si bien Clay lo tiró tres veces, Bonavena aguantó como un toro y pese a perder el combate logró lo que pocos boxeadores pudieron. Llevarse la gloria pese a la derrota.

Fue un ícono popular que a pesar de no haber sido campeón del mundo, supo sacarle jugo a su carisma. Participó en películas, en teatro y hasta cantó el “Pio Pio”. A todo se animaba y los ravioles de su madre Doña Dominga fueron tan famosos que Héctor Ricardo García, (cuando no), aprovechó la volada y lo convirtió en programa de televisión. Eran otros tiempos. Hoy sin dudas estaría en Bailando por un sueño y tendría más seguidores en las redes sociales que muchas estrellas de rock.

Durante su carrera se enfrentó a grandes como Lee Carr, Joe Frazier, Jimmy Ellis, Zora Folley y Floyd Patterson. Cierta vez con su compatriota Gregorio Peralta casi revientan el mítico estadio Luna Park. Aquella noche de 1965 más de 25000 personas bramaron en las tribunas.

Doce años después de debutar como profesional, la madrugada del 22 de mayo, Ross Brymer, uno de los guardaespaldas de Conforte, en circunstancias poco claras, pero que tampoco son muy difíciles de deducir, le apuntó con un rifle y el disparo le atravesó el corazón. Oscar Natalio Bonavena tenía 33 años. Lo velaron el Luna Park, donde una multitud se acercaba por Corrientes y Bouchard para darle el último adiós a uno de los máximos ídolos del deporte argentino.

Se convirtió en mito y dejó frases de verdades inapelables como "La experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado" o “Todos te alientan, pero cuando te quedas enfrente de tu rival, te sacan hasta el banquito".

Tiempo antes de su trágico final, un día caminando por Nueva York lo confundieron con Ringo Starr, uno de los integrantes de The Beatles. A él le gusto y a partir de entonces adoptó el sobrenombre. “Díganme Ringo”, pidió y así lo llamaremos por siempre.

 

 

 




Autor: Rodrigo Gaite
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