30-04-2017
 

El Egoísmo Social



 



Los porteños, y en general los ciudadanos argentinos, nos enorgullecemos de nuestra capacidad de transgredir las reglas y normativas establecidas, según nuestra propia conveniencia, basándonos en nuestra necesidad individual.
La gravedad del asunto no solamente es el hecho en sí de la irrupción de las pretensiones individuales en el terreno de las normativas (ya que por naturaleza humana todos tenemos cierta tendencia a la corrupción), sino la justificación moral que abala el proceder. No lo hacemos por gusto, ni en todos los casos por necesidad real, sino porque la transgresión esta aceptada como normalidad en la cultura.
Un ejemplo concreto del postulado anterior bien podría encontrarse en el subterráneo de buenos aires. Las puertas de emergencia, que se encuentran pegadas a los molinetes de ingreso donde se paga el boleto para ingresar, suelen quedar abiertas luego de que una gran cantidad de gente que sale del subte al mismo tiempo las utilice para salir. El sujeto que se encuentra ante una puerta de ingreso abierta, y el molinete, vé una posibilidad de transgresión: pasar por la puerta de emergencia sin pagar; o pagar el boleto como la normativa indica, desechando la posibilidad anterior.
El transporte público nos ofrece más posibilidades; a pesar del cartel de “indique su destino” en los colectivos, el sujeto imbuido de la “viveza criolla” le indica al chofer una tarifa menor a la del viaje que pretende hacer.
Al hecho de transgresión también se le adjudica otra justificación: la falta de auditoria por parte de los organismos públicos. O mejor dicho de otra forma; las normas pueden ser quebrantadas porque a fin de cuentas "nadie te controla”.
Los ejemplos van desde lo cotidiano, la utilización de software y sistema operativo sin pagar las licencias correspondientes, la libre descarga de música por internet, la distribución de películas en plena vía pública; hasta los ámbitos de la vida económica la evasión de impuestos, o la declaración de bienes por debajo de lo establecido, para pagar menos.
Esta línea de pensamiento oportunista, nos lleva a la conclusión de que quien adhiere al funcionamiento normal del orden establecido, está por fuera de los parámetros normales. Por ende, quien paga el boleto ante la oportunidad de no hacerlo es un escrupuloso acatador de las reglas y el cumplimiento normal se convierte en insólito.
Un mecanismo corriente ante este tipo de pensamiento, es el de la transferencia de la culpa. Quien no cumple las reglas, está constantemente criticando la corrupción de los gobiernos, lo mal que las políticas están siendo aplicadas, esgrimiendo el argumento de que a todos los funcionarios solo les interesa el beneficio personal en los cargos públicos.
Las reglas no son una penitencia ni una coartación de los derechos personales en pos de un beneficio desconocido; están establecidas por nuestra imposibilidad de consenso. En el supuesto utópico de una sociedad cuya totalidad de individuos adhiera a la idea del bien común y la cooperación total, con un consenso absoluto en todas las facetas de la vida, las reglas no serían necesarias, porque ya todos sabríamos que hacer.
Justamente, las leyes vienen a establecer el orden que nuestra naturaleza humana no puede alcanzar por si misma; a poner orden donde hay conflicto de intereses, y regular posicionamientos.
Algunas normativas están hechas para cuidarnos, por más simple que parezca, los semáforos son los encargados de evitar el caos vial, y la transgresión de la guía (de manera consciente o inconsciente) en algunos casos, provoca accidentes.
¿Qué nos lleva como sociedad a aceptar como normal lo que no es? ¿Realmente necesitamos que un organismo externo venga a controlarnos para que tengamos que cumplir con las reglas?
Yo pienso que vivimos en una sociedad tan eufórica, tan impulsiva y poco considerada por el otro, que solo pensamos nuestro accionar en función de las necesidades personales, y como mucho, la de nuestro círculo cercano de amistad.
El ego de nuestra mente se ha extendido tanto, que el beneficio propio es la única verdad imperante en nuestra manera de decidir y accionar, y cualquier elemento que atente contra el mismo es motivo de rechazo y de injuria.
Como si nuestra cultura de pensar las decisiones todavía este anclada en mecanismos simples, a saber:
“si puedo evitar pagar algo y no tengo ninguna consecuencia inmediata, lo hago”
“si los demás lo hacen, yo lo hago”
“si cumplir la norma no me genera ningún beneficio, y solo perjuicio, lo evito”.
Nos olvidamos de que la persona que tenemos al lado, es un sujeto exactamente igual en calidad de ciudadano, habitante, humano, con sus propios intereses y necesidades.
Concluyamos con la siguiente salvedad; no pretendo afirmar que absolutamente todos los miembros de la sociedad argentina somos corruptos y transgresores constantes, pero es innegable que una huella del “razonamiento de la viveza” tenemos, y es nuestra responsabilidad permitir cuanto dejamos que la misma gobierne nuestras decisiones, y pensar cuanto tenemos en cuenta la necesidad ajena y la vida del otro en nuestro actuar cotidiano.

Mariano Agustín Ferrentino

 

 

 




Autor: Mariano Ferrentino
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