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    01-04-2017
 

Raúl Berón, la dulzura hecha voz



 



Fue, para algunos, el mejor cantor de orquesta que dio el tango, aunque otros grandes vocalistas, como Floreal Ruiz o Roberto Goyeneche, le disputen -en las discusiones de los sabedores- ese cetro. De clara estirpe gardeliana, registro de tenor y timbre aterciopelado, su apogeo coincidió exactamente con la época de mayor auge del tango: desde su ingreso a la orquesta de Miguel Caló en 1939, hasta su retiro de la de Aníbal Troilo en 1955.

El amplio y variado repertorio de Berón revela su aptitud para captar todos los temas y climas del género, desde los dramáticos a los festivos, que abordó siempre con buen gusto y mesura, alejado de los extremos. Fue un cantor cálido e íntimo, que giró en el circuito del tango más elaborado, como demuestra su trayectoria junto a directores de alta calidad, como Lucio Demare o Argentino Galván. Perteneció a una hornada de cantantes inteligentes, finos y cuidadosos, que incluyó a Alberto Marino, Oscar Serpa, Carmen Duval, María de la Fuente y otros. Quizá pueda reprochársele cierta oscuridad en la emisión, que por momentos dificulta la comprensión de las palabras.

Nació en Zárate, pequeña ciudad portuaria sobre el río Paraná, 150 kilómetros al norte de Buenos Aires, en el seno de una familia de músicos y cantores, varios de los cuales ganarían fama. Se inició de niño formando dúo con su hermano mayor, José, quien también desarrolló una carrera en el tango, aunque de menor trascendencia. De timbre similar al de Raúl, no pocos oyentes inexpertos lo confunden con éste.

Berón hizo pie en Buenos Aires a través de la radio, actuando en varias emisoras como cantor solista con guitarras. Era la época en que la programación radial estaba cubierta con artistas en vivo durante toda la jornada, lo que daba a cientos de ellos la oportunidad -apenas si remunerada- de hacerse oír. La mayoría no trascendía, pero no fue el caso de Berón, incorporado en 1939 por Caló, bandoneonista cuyo conjunto contaba desde hacía dos años con un arreglador excepcional, el ya mencionado Argentino Galván, y que pronto renovaría sus filas con jóvenes músicos de talento, como el pianista Osmar Maderna o el violinista Enrique Francini.

Berón debutó con Caló en el disco (sello Odeón) el 29 de abril de 1942, grabando un enorme éxito: “Al compás del corazón”, tango muy peculiar de Domingo Federico y Homero Expósito. Al dorso, “El vals soñador”. Entre los 28 temas que registró con esta orquesta sobresalen “Entre sueños”, “Lejos de Buenos Aires”, “Tristezas de la calle Corrientes”, “Tú” y “Mi moro” (estos dos últimos en una etapa posterior, en 1949 y 1950, respectivamente), aunque no hay ninguna grabación desdeñable.

Dejó a Caló, a cuya formación volvería más de una vez, para integrarse a la orquesta del pianista e inspirado compositor Lucio Demare. Con este grabó versiones antológicas de tangos como “El pescante”, “En un rincón”, “Una emoción”, “Qué solo estoy”, “Y siempre igual” y el vals “No nos veremos más”. Aunque este último pertenece a Demare, no fue Berón quien entonó en esa orquesta los tangos más célebres de su director, como “Malena” o “Mañana zarpa un barco”. Pero sí cantó y grabó “Tal vez será su voz”, con letra de Homero Manzi. Este tango se llamaba “Tal vez será mi alcohol”, pero la censura, implantada tras el golpe militar del 4 de junio de 1943, no admitió la ebriedad del protagonista.

Otra etapa significativa -pero en cierto modo frustrada- en la trayectoria de Berón fue la de su vinculación con Francini-Pontier, el binomio formado por el violinista Francini y el bandoneonista Armando Pontier, surgidos de la orquesta de Caló y que, como el cantor, provenían de Zárate.

A ese nuevo conjunto le cupo inaugurar en 1945 el Tango Bar, café con palco orquestal que se convertiría en un templo del género. Berón grabó con esa agrupación, de muy avanzada concepción musical, entre 1946 y 1949 un total de 13 temas como solista, además de otros tres a dúo. Sin embargo, su repertorio fue relativamente pobre, marcando un vivo contraste con los temas que le fueron confiados a Roberto Rufino. Lo más interesante de la discografía de Berón con Francini-Pontier es “Y dicen que no te quiero”, “Como tú”, “Remolino” y “Uno y uno”.

Sobrevino entonces la brillante incursión de Berón en la orquesta de Troilo, probablemente la más venerada del tango. Aquella conjunción produjo versiones admirables, como las de algunas viejas páginas, entre ellas “De vuelta al bulín” e “Ivette”, u obras nuevas como “Discepolín”, conmovedor homenaje en vida que Troilo y un moribundo Manzi le rindieron a Enrique Santos Discépolo, el genial letrista de “Yira yira” y “Cambalache”, que fallecería pocos meses más tarde.

Por esos años la voz del cantor, sometida a un empleo incesante por el abrumador éxito de Troilo, comenzaba a dar señales de fatiga. También conspiraron contra la calidad de sus registros las insatisfactorias condiciones técnicas del sello TK, en el que había pasado a grabar la orquesta.

Salvo un reencuentro en 1963 con Caló, Berón no volvió a incorporarse a ninguna orquesta. De toda esa etapa crepuscular pueden destacarse registros suyos de “Yo quería ser feliz” y “Porque soy reo”, con Galván como acompañante.

 

 

 




Autor: Andres Ira
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