26-06-2020
 

EL COLOR DE LA PASIÓN



 



EL COLOR DE LA PASIÓN

Tendría nueve. Pantalones cortos. Los largos me los compraron recién a los diez. Mi vida era el colegio y pasarme las tardes en la terraza de casa jugando a la pelota con la Pulpito. Le daba contra la medianera en la que había dibujado un arco. Igual, qué gil, a veces le pifiaba. Una medianera alta, imponente, que permitía sacudir a la pelota sin temor a que se fuera para el otro lado. Cada tanto escuchaba los gritos de la vecina. Pará nene un poco, decía. Yo dejaba un rato y después seguía, hasta meterla cinco veces seguidas. Ese era mi objetivo, no chingarla cinco veces seguidas. Así ganaba mi campeonato personal. Cuando ya bajaba la tarde y el crepúsculo dominaba el firmamento, después de dejar la Pulpito, que iba haciendo círculos en espiral y terminaba descansando en la rejilla, me acodaba en el parapeto y disfrutaba de la puesta del sol. Me fascinaba ese color intenso que iba del naranja pálido al naranja fuerte y terminaba rematado en un rojo intenso, potente, que parecía ser la evocación exacta del infierno. Mi vieja siempre me decía que el infierno era un horno, en el que enormes llamas de fuego intenso, permanente y rojo, asaban a las personas que en la vida se habían portado mal. Admito que me perturbaba, pero también me atraía.

Como todos los pibes, yo jugaba a la pelota donde viniera, en la terraza de mi casa, en el colegio, en la plaza del barrio. Nunca llevé la Pulpito al colegio ni a la plaza. No quería arriesgarme a que me la afanaran o me la pisara y reventara algún grandote de patada dura, o en una de esas algún cabrón envidioso la tajeara de un navajazo. Uno de los regalos de Reyes que más me fascinó fue la número cinco de gajos de cuero que mis viejos insistían –pobres- que me la había dejado Baltasar. Como vivíamos en una casa grande, que había sido la más importante del barrio a fines de los cuarentas -así decían mis viejos-, los domingos venía toda la familia a comer. Lo que más me gustaba era que venían mis primos Ciro y Angelito. Eran más grandes que yo, pero con ellos no tenía miedo de compartir la pelota. Nos atragantábamos con los tallarines caseros lo más rápido posible para ir a jugar los tres al patio con la número cinco de cuero. Como éramos tres –Cristina, mi hermana, no solo que era mujer sino que tenía apenas tres años-, lo más que podíamos era rotar cada uno a hacer de arquero a tirar al arco, o jugar un cabeza. En el arco yo era el que más goles se comía, claro, ellos eran más grandes y de patada fuerte. Me acuerdo que estábamos ansiosos por terminar las pastas y rajar para el patio o la terraza a jugar a la pelota. No obstante, antes de escapar yo no dejaba ni una gota del tuco en el fondo del plato. Lo levantaba con pedacitos de pan hasta dejar el plato blanco como para guardarlo directamente. La vieja hacía un tuco exquisito, sabroso, un poquito picante. Bien tano. Ese fondo de tuco era algo irresistible. Rico, denso y rojo. Sobre todo, bien rojo. Es como que lo estoy viendo. Era un tuco que se parecía al color de la puesta del sol. Y enseguida rajábamos para el patio. Falta el postre, gritaban mi vieja y mi tía a dúo. Pero nada, ya estábamos precalentando para el cabeza de a tres.

Cuando tuve esa número cinco de cuero, que pasó a ser mi pelota importante, entonces sí me animé a llevar la Pulpito a la plaza. Si me la reventaban o alguien se la llevaba tenía la otra. La Pulpito, pobre, pasó a ser la secundaria. La que podía llegar a perder sin que eso significara el fin del mundo. Me acuerdo, cómo no me voy a acordar, que un día hicimos un picadito en la plaza con unos amigos. Había grandes canteros de tierra con unos pinos que nos servían de arco, faltaba mucho para que hicieran el estacionamiento subterráneo y la plaza seca. Yo estaba en el arco y uno me mandó un pelotazo furibundo. Tuve buenos reflejos. Salté como un resorte para el lado que el otro disparó. La Pulpito se me incrustó en el estómago. No llegué a pararla con las manos, la pelota pasó por el medio y se me hundió justo entre el ombligo y las costillas. Me quedé sin aire y caí de rodillas como si me hubiesen disparado un escopetazo. Pero eso no fue lo importante. Al caer con todo el peso me clavé un pedacito de vidrio en la rodilla izquierda. Estaba entremezclado en el pasto y ni se veía. Qué dolor. Como si me hubiesen clavado un cuchillo. Me miré y vi que tenía el vidrio encajado como si se tratara de un grano de esos que se te secan y queda la cáscara. Lo arranqué con la uña y entonces sentí un frío intenso y enseguida un ardor terrible. Y empezó a salir sangre. Mucha. Bajaba un hilo grueso por la pierna que me manchó la media y la zapatilla. Era como un río. Un río rojo. Intenso, como el sol y como el tuco de la vieja. Además me empezó a doler mucho. Hasta creo que lloré un poco y alguno de los pibes por ahí me cargaba. Quise seguir jugando para demostrar que era hombre y que esa tontería no me iba a sacar del juego. Pero seguía saliendo sangre y, no solo yo me asusté sino que los otros también se asustaron. Así que me fui a casa lo más rápido que pude, medio corriendo y medio rengueando, con mi rodilla y mi pierna rojas de sangre. Del susto me olvidé de la Pulpito. Nunca más la vi.

Cuando me vio, mi vieja dio un grito. No era para menos. Pero enseguida me llevó para adentro, me lavó y me curó. El primer algodón con alcohol me hizo gritar. Jodasé por andar potrereando, dijo hablándole a mi rodilla. Yo me miraba la lastimadura y veía salir los algodones que de blancos se convertían en rojos. Y en ese momento volví a acordarme de la puesta del sol y del tuco. En eso mi vieja miró más detenidamente la rodilla y dijo ahí te tienen que dar unos puntos. Nunca en mi vida me habían dado puntos. No sabía qué era que te dieran puntos en una lastimadura. Qué me van a hacer, qué quiere decir que me van a dar unos puntos, le pregunté a mi vieja. Te van a cocer, dos o tres puntos con una aguja para que se te cierre la herida y se cicatrice, me contestó. Me quedé serio, mirándola incrédulo, pero su expresión me confirmó que había una decisión irrebatible, entonces me asusté y empecé a preguntar si eso dolía y a decir que podía curarse solo, que no necesitaba que me dieran ningún punto ni quería ninguna cicatriz. Pero la vieja no transó. Al Hospital Gandulfo ya mismo, ordenó. Me hizo quedar sentado en una silla del patio apretándome la rodilla con un algodón y ella se fue a la plaza Grigera, a la parada de los taxis. Mientras el auto esperaba frente a casa mi vieja me vendó la rodilla con unos jirones de tela hechos de una sábana vieja. Lo hizo tan fuertemente que no podía doblar la pierna y me obligó a caminar como un pirata. Se lastimó el nene, dijo el taxista cuando subimos al Pontiac. Mi vieja no le contestó. El auto hizo unas cuadras y después agarró la Avenida Hipólito Yrigoyen. El adoquinado lo hacía saltar y traquetear como si se desplazara sobre el filo de un serrucho. Que no me ensucie el tapizado, señora, dijo en eso el hombre. En una de esas frenó. Yo miré hacia delante por el parabrisas y comprobé que fue por el semáforo. Pude ver el foco grande, redondo y brillante, de esos de antes que tenían como una visera. Rojo como el sol al ponerse, como el infierno de mi vieja y como el tuco de los domingos. Y como la sangre que me había salido de la rodilla. En el hospital me lavaron la herida, me pusieron un líquido que me ardió y después una inyección. Grité como un loco. Eso sí que me dolió, mierda que me dolió, pero no los dos puntos que me pusieron al rato. Me acuerdo que pregunté por la cicatriz, pero nadie me contestó. A las dos semanas la lastimadura ya se había cerrado. Mi vieja me llevó al hospital a que me sacaran los puntos y me quedó una raya, no muy grande, pero una raya que todavía tengo. Esa es tu cicatriz, me dijo mi vieja, te va a hacer acordar que tenés que tener cuidado. No sé si me sirvió de mucha lección, porque de grande tuve otras cicatrices, pero esas son otras historias.

La historia del sol, el tuco, la sangre y el semáforo no terminó ahí. Desembocó en otra cosa, que es a lo que quiero llegar. Un día -ya me había olvidado de la cicatriz-, de pronto, en un partido de cinco contra cinco en el patio del colegio, la cosa terminó en una pelea. Dos pibes se trenzaron a golpes y en un momento se transformó en un nudo de brazos y piernas revolcándose en el suelo sin importar lo que pasaba con sus guardapolvos ni los corbatines, uno de los cuales, creo que el del más grandote, fue a parar a la canaleta del desagüe. Tuvieron que intervenir como tres maestras, la directora daba gritos desde la puerta de la dirección. Al fin los pudieron separar con ayuda del portero, el más chico tenía la boca partida y la cara llena de sangre. El grandote unos rajuñazos en la cara que parecía que lo hubiera agarrado un gato. Obvio, tanto la boca partida de uno como la cara del otro estaban teñidos de rojo como el sol, como el tuco, como el semáforo y como había estado mi rodilla. Pero eso no fue lo importante para mí, ni lo que viene al caso para esta historia. Escuchen. Yo estuve presente desde que empezó la pelea. Había sido porque uno que era de Boca, el más chiquito, lo estaba cargando al otro, el más grandote, que era de San Lorenzo. Andá, que eso no es un cuadro, no le ganaron a nadie, le decía. El grandote empezó por darle un empujón, y así empezó la gresca. Pero fue otra cosa lo que a mí me provocó un click en el cerebro. Resulta que todos los pibes eran de algún cuadro y yo hasta ese momento me la pasaba jugando a la pelota, pero no le había prestado atención a que no era de ninguno. Me encantaba jugar a la pelota, pero resulta que no era hincha de nadie. Muchas veces me preguntaban y mi respuesta era levantar los hombros. Ahí, en ese momento, me dije que eso no podía seguir así. Allí mismo tomé la decisión de que tenía que elegir un cuadro para hacerme hincha.

Estuve todo el resto de ese día y el siguiente dándole vueltas a la cosa. Hasta que de pronto se me ocurrió algo. Fui al sillón del comedor donde quedaban los diarios La Razón que iba apilando mi viejo durante la semana. Agarré uno y busqué la sección de deportes. Encontré las noticias sobre los partidos del último domingo, fotos en blanco y negro, descubrí un montón de nombres de clubes que mencionaban siempre mis compañeros y la tabla de posiciones. Había uno que figuraba primero, el nombre era bastante largo.

Entonces no me dijo mucho. Esa incursión no me ayudó para lo que yo estaba buscando. Entonces se me ocurrió una idea que me resolvió el problema y que celebro hasta el día de hoy. Le pedí cinco pesos a mi vieja. Eran los cinco pesos de entonces, chiquitos, color rosa y con la Patria sentada. Para qué los querés. Para comprar una revista. Mi vieja entrecerró los ojos. No vas a comprarte alguna porquería porque a Zigor –así se llamaba el diariero- le voy a preguntar y va a terminar diciéndome la verdad. Ni bien tuve los cinco en la mano salí corriendo y me fui hasta el puesto de diarios que estaba a cuadra y media de casa. Empecé a revisar con la vista la fila de revistas que sostenía un elástico colocado a lo largo del puesto. Don Zigor me miró serio, sin decir palabra. Con el tiempo comprendí por qué mi vieja me había dicho eso y por qué Don Zigor me miró de esa manera. Como no encontré lo que buscaba se lo pedí. El Gráfico, le dije, el del último lunes. Noté que el hombre hizo un gesto como de alivio, buscó por un lugar en el que yo no había reparado y sacó lo que buscaba. Le alcancé los cinco pesos y el me dio la revista y unas monedas de vuelto. La tapa era impresionante. Tenía una foto del equipo entero posando antes de empezar el partido que había sido el de la final del campeonago. Al pie de la tapa estaban los nombres. Escuchen esto. Decía: Parados: Maldonado, Navarro, Toriani, Acevedo, Silveira y Rolán; Hincados: Garro, Douksas, W. Jiménez, D´Ascenzo y R. Giménez. Campeones 1960. Rojos como el sol al atardecer, como el tuco de la vieja los domingos, como el infierno, como el semáforo y, sobre todo, como la sangre que llevaba dentro, la que me había salido de la rodilla. ¡Qué hermosa camiseta! Roja como el color de las cosas fuertes que a mi siempre me gustaron. Manga larga, cuello tipo camisa color blanco. Pantalones negros cortitos, como los que yo llevaba al colegio. Regalaban autoridad, todos sonriendo y con los brazos cruzados como diciendo, vengan no más que les vamos a enseñar cómo se juega al futbol. A partir de allí, de ese preciso momento, no tuve ninguna duda, jamás, sobre cuál era mi equipo. Ya tenía respuesta. Y no me equivoqué. Era el que en el diario La Razón aparecía primero en la lista. El del nombre largo. Independiente. Era el campeón 1960. Si la pasión tiene un color, qué azul, ni qué blanco, ni qué verde ni amarillo. La pasión es roja, como el sol, como el tuco de la vieja, como el semáforo cuando te manda parar, como la sangre que llevo dentro.

Ciro Annicchiarico

24 de Julio de 2013

 

 

 




Autor: Redaccion de TodosUnoTV
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