13-11-2016
 

Siempre Jauretche



 



Nació en la localidad bonaerense de Lincoln, el 13 de noviembre de 1901. Mayor entre diez hermanos, hijos de un empleado y una maestra, Jauretche agradeció siempre haberse trenzado en aventuras con los hijos de los paisanos del pueblo, hecho que –según dijera- le permitió conocer el otro mundo, “la vida de los boyeritos”.

Convertido en yrigoyenista, tras el golpe de estado de 1930, participó del levantamiento de 1933 en Paso de los Libres –al que le dedicó un largo poema- y dos años más tarde fue uno de los creadores de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, más conocida por sus siglas: FORJA, desde donde llamó a transformar la “Argentina colonial” en una “Argentina libre”.

Celebró la llegada del peronismo y pronto aceptó el cargo de presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires, hasta 1951, cuando se alejó por diferencias con Perón. Tras el golpe de 1955, se dedicó a escribir en defensa de lo conquistado durante diez años de gobierno popular con el semanario El 45 y el periódico El líder.

Luego de su exilio en Montevideo y tras el frustrado acercamiento al frondizismo, dedicó tiempo a la reflexión, surgiendo así varios de sus libros más reconocidos, entre otros, El medio pelo en la sociedad argentina y Manual de zonceras argentinas. Entristecido por la realidad del país, falleció el 25 de mayo de 1974.

A continuación, estimado lector, queda el pensamiento reflexivo de la época.
Lo que movilizó las masas hacia Perón no fue el resentimiento, fue la esperanza. Recuerde usted aquellas multitudes de octubre del 45, dueñas de la ciudad durante dos días, que no rompieron una vidriera y cuyo mayor crimen fue lavarse los pies en la Plaza de Mayo, provocando la indignación de la señora de Oyuela, rodeada de artefactos sanitarios. Recuerde esas multitudes, aún en circunstancias trágicas y las recordará siempre cantando en coro —cosa absolutamente inusitada entre nosotros— y tan cantores todavía, que les han tenido que prohibir el canto por decreto-ley. No eran resentidos. Eran criollos alegres porque podían tirar las alpargatas para comprar zapatos y hasta libros, discos fonográficos, veranear, concurrir a los restaurantes, tener seguro el pan y el techo y asomar siquiera a formas de vida "occidentales" que hasta entonces les habían sido negadas.
Jauretche, Los profetas del odio

 

 

 




Autor: Andres Ira
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